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Lavar los trastes: Crónicas de un fregadero

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En estos días, nuestra fiel ama de llaves —y no le digo «chacha» por puro respeto, porque la verdad es que ya está entradita en años y más que muchacha, es toda una institución en la casa— se ha tenido que ausentar. Y ahí es donde me ha tocado a mí asumir la «grandiosa» e interminable labor de lavar los trastes. ¡Qué chinga, en serio, qué chinga!

Al principio, uno peca de optimista. Lavaba dos platos, los enjuagaba, los ponía en el escurridor, lavaba otros dos y pensaba: «Esto es pan comido, no pasa nada». Pero entonces llegó la noticia: Doña Pachita, con la honestidad que da la edad, nos confesó que la artritis y los años ya le pesan demasiado. Nos dijo que no podría regresar hasta que el doctor le diera el alta, diciéndole algo así como: «Ya estás como nueva». Lo dudo. Honestamente, ni el Tenet de Christopher Nolan, con todas sus inversiones temporales y trucos de edición, podría revertir los años de trabajo arduo que carga en su cuerpo. Nos pidió un mes de margen, y en ese momento supe que mi destino estaba sellado frente al chorro de agua.

Pues nada, a lavar trastes. Para hacer la tortura más llevadera, decidí poner música. No soy de la generación de Pink Floyd, pero los respeto y me gustan. Pensé: «Vamos a poner Atom Heart Mother, que tiene un buen rato que no la escucho». ¡A cabrón! Se acabó la canción y yo no iba ni a la mitad de la pila. Si te preguntas por qué el asombro, es porque no hablo del disco, sino de una sola canción llamada Atom Heart Mother que dura alrededor de 23 minutos y 44 segundos. ¡Veintitrés minutos lavando y la montaña de trastes apenas disimuló un centímetro! ¿Cuánto tiempo llevo aquí?, me pregunté con horror.

Hombre frustrado al lavar los trastes

La estrategia de lavar los trastes (que no funciona)

Decidí que necesitaba estrategia. «Ya, organízate», me dije. Fui al súper y compré esa esponja con carita feliz que todos recomiendan, aunque esté carísima; pero como estaba en oferta en el 3BBB, dije, vamos a ver qué tal funciona el susodicho artefacto. Armé el changarro: separé los platos, luego los vasos, luego los cubiertos, todo listo para lavar los trastes con eficiencia. Según yo, con este sistema terminaría más rápido.

Pero no, qué iluso. Al convertir esto en una actividad de diario, te das cuenta de lo desalentador que es: los trastes nunca se acaban. Ya no es la novedad de hacer algo nuevo, es la chinga constante, esa repetición tres veces al día que te consume el alma. Empiezas a notar todos los inconvenientes, y lo que antes era rutinario, ahora se vuelve desastroso y encabronoso. Como cuando lavas la salsera: te da un coraje inmenso y te preguntas, ¿por qué demonios no le pusieron agua para que se remojara antes de dejarla en el fregadero? Pinche jitomate pegado; si así te pegas en mis platos, no me quiero imaginar cómo te pones en mis intestinos, ¡debo tener la panza forrada de rojo! Tenemos que quitárselo a como dé lugar, porque si alguien llega después a comer y encuentra un residuo, se le arruinará el apetito, y eso es una falta de respeto total.

El martirio de secar los utensilios en clima frío

Y luego llega la segunda etapa de la tortura: el clima. En tiempo de frío, como en el que yo estaba, los platos no se secan ni a golpes. Se ponen «monos», se quedan ahí quietos, como si el agua que les escurre fuera ornamental, parte del diseño. Tienes que sacudirlos y sacudirlos para ver si así se les quitan esas mañas.

Como yo consumo cine y televisión como si fueran oxígeno y en muchas escenas he visto que secan los trastes con una toalla, pensé: «Voy a hacerle como los gringos, voy a comprar esas toallas de microfibra para secarlos». Gran error. La toalla no se seca, se satura de agua y, al final, los trastes terminan oliendo a humedad y a trapo viejo. Imagínate, sirves tu refresco con hielo —yo le pongo hielo aunque haga frío, no me juzguen— y, como a veces uno quiere beber de un trago largo, haces una respiradita para no desmayarte y luego decirle al doctor: «me desmayé porque no sé tomar en vaso». ¡Madres! El vaso te recibe con una pestilencia a humedad añeja que te quita las ganas de vivir. Tendría que tener siete juegos de toallas para secar todo sin contaminar el olor, y eso, honestamente, ya es otra chinga que no estoy dispuesto a pagar.

Hombre secando trastes con trapo viejo

Ni modo, lo de las toallas no funcionó. Nos toca cuidar el secado al natural, ahí parado frente al escurridor como niño en clase de ciencias, esperando a que germine el frijolito en el algodón.

Cuando el termo gigante se convierte en tu peor enemigo

Y hablando de trastes, ¿se han fijado en esos vasos que uno compra en el súper? Los muñecos de la casa siempre quieren los que tienen forma de Bob Esponja o esos gigantes, tamaño refresco de dos litros. Uno se los compra pensando en que «solo se es niño una vez», pero cuando te toca lavarlos, cambias de opinión rápidamente. Es físicamente imposible meter la esponja ahí. Esa esponja con forma de carita empieza a deformarse y a hacer gestos de dolor, muy parecidos a los que pongo yo cuando me avisan que mis suegros se van a quedar todo el fin de semana. La esponja parece mirarte y decirte: «¡No chingues, no quepo! ¡Ya no me sigas empujando!». Si logras meter la esponja, la verdadera pesadilla es sacarla; pierdes toda la tarde haciendo eso.

Esponja deformada al limpiar un termo
Y el otro, el de tres litros, es peor. El cepillo para biberones —que compramos aunque ya no hay bebés en casa, solo para estos casos— no llega hasta el fondo. Si lo sueltas, pasan dos segundos hasta que escuchas un «clok» o «pok» —bueno, pues para que escuches qué ya llegó al fondo… ¿cómo carajos escribo ese sonido?—. Entonces piensas, voy a dejar que se vaya al fondo y lo voy a agitar, le das vuelta al termo, lo agitas, lo intentas limpiar… llega alguien y te dice: «Qué buen ritmo traes, pareces el que trae un güiro de la Sonora Santanera». Tú lo miras como Quico y le dices: «No me simpatizas».

El ritual sagrado de acomodar y limpiar.

Por fin, ya están secos. Ahora, a guardarlos. Cada pieza tiene su lugar: platos con platos, vasos con vasos. No puedes amontonarlos, porque al rato, cuando quieras un café, tendrías que gastar media hora moviendo todo para encontrar tu taza. Los tenedores, cuchillos y cucharas van en su cajón, alineados como soldados. No manches, ¡ni mi escritorio o mi buró gozan de tanta estética! Pero bueno, hay que acomodarlos bonito para que no digan que uno es un cochino desordenado.

Después viene el toque final: hay que darle una «shaineada» a la cocina. Limpiar la tarja, secar cada rincón, dejar que todo brille para que no digan que no sé hacer algo tan «simple». Simple, dicen. Es una chinga monumental.

Por fin, ya terminé. Me quito el mandil, suelto el trapo y, en eso, escucho unos pasos chiquitos y una risa traviesa. Creo saber quién es. Me comienza a sudar la cabeza y siento que me sale humo de los oídos, pero debo mantener la calma. Llega la princesa de la casa, riéndose a carcajadas, y te dice: «¡Ya te traje más!». ¿Cómo que más?, si aún ni cenamos. Pues resulta que estaban olvidados en los cuartos de los muñecos y se le ocurrió esperar justo a que yo terminara para traérmelos todos juntos. 

Bueno, ya para qué me enojo. Solo espero que en unos días Doña Pachita no decida que el doctor le dijo que, además de los meses de reposo, necesitaba vacaciones, porque si me toca seguir con esta tarea de lavar los trastes indefinidamente, ¡me va a dar el patatús!. Mientras tanto, muchas gracias a todos los que lavan los trastes diariamente; es una auténtica aventura no volverse loco en el intento.

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