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No hay papel higiénico: la tragedia de un invento estancado

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En estos tiempos de modernidad donde la Inteligencia Artificial se ha integrado a todo —desde la cafetera, hasta esas barredoras que se creen agentes secretos mapeando tu sala—, me percaté de algo ofensivo: el dispensador de papel higiénico no ha cambiado en toda mi vida. Sigue siendo ese tubito miserable donde se cuelga el rollo, que se contrae y cuesta un mundo desatorar para poner el nuevo.

​¿Por qué me fijé en eso? ¿Acaso eres muy ocioso y no tienes nada mejor que hacer? ¡Al contrario! Ir al baño es tiempo perdido que no se recupera, y si encima tienes que pelear contra la ingeniería barata de un soporte de cartón, la experiencia es un insulto a la evolución humana.

​La crisis: "¡No hay papel!"

En el baño con expresión de horror gritando ¡NO HAY PAPEL! y señalando el portarrollos vacío. Ilustración estilo cómic de época sobre la tragedia del papel higiénico.

Pero primero lo primero. Hace poco, el destino —ese ente sádico que vive para vernos sufrir— me aplicó la clásica: solo quedaban tres cuadritos. Y no me quedó más que gritar al vacío:
¡No hay papel!.

Esperaba que algún familiar se apiadara de mi miseria y me rescatara, porque para acabarla de amolar, habíamos dejado el paquete en el pasillo y, como es costumbre en esta casa, no surtimos los baños. A todos nos ha pasado, no te hagas el digno que nadie te cree.

​El valiente y el riesgo biológico

Escena de cómic vintage donde un familiar entrega papel higiénico a alguien en apuros, resaltando el riesgo biológico y la tragedia de la situación en el baño.

Al final, un valiente me pasó el papel. Y digo «valiente» porque entregarlo a alguien que está atorado en el baño requiere agallas. Uno siempre piensa:
«No respiro durante 15 segundos, le paso el rollo y evito la hediondez».

Pero el cuerpo es traicionero. Los pulmones te hacen una mala jugada, sueltas el aire por inercia, jalas aire y… tómala. Ya te enteraste de que tu querido familiar tiene un problema grave procesando la comida, o que de plano se fue a cenar a esos tacos de guaguacoa donde el perro que babea junto al puesto tiene más higiene que el taquero.

El papel higiénico es una constante en nuestras vidas, lo usamos más de una vez al día y, aun así, no le damos la importancia que merece. Pero basta de quejas por ahora, mejor te cuento cómo empezó este trauma.

​El trauma infantil: el tutorial que nadie pidió

Viñeta estilo cómic que muestra a un niño desenrollando excesivamente papel higiénico, reflejando el trauma infantil por el desperdicio del insumo.

Vámonos a los tiempos donde yo era un niño. Ya saben, esa etapa donde los adultos se sienten con la libertad de irrumpir en el baño aunque tú estés ahí, porque supuestamente el pudor aún no ha sido desarrollado en tu cerebro. Así me pasó con mi papá: el señor tenía una prisa (no recuerdo si por rasurarse o qué rayos, pero la urgencia era real), y yo, como cualquier niño de 5 años con demasiado tiempo libre, empecé a desenrollar el papel higiénico como si fuera una prueba del Juego del Calamar:

«Si no sacas todo el papel en 15 segundos, te vas por la tasa del baño».

Mi papá voltea, me ve, y antes de que pudiera terminar mi proeza, ya me estaba regañando por desperdiciar el producto. Se sale, termino, pero lo que me esperaba en la puerta era un sermón de media hora y un tutorial en vivo de cómo sacar 4 cuadros y doblarlos dos veces para quedar en uno solo.

¡¿4 cuadros de papel higiénico?!

Para un niño de 5 años, varios juegos de 4 cuadros son suficientes; uno no tiene grandes problemas intestinales. Pero conforme vas creciendo, comiendo de todo en la calle y mal pasándote en la escuela, la medida tiene que aumentar.

​La anatomía del desperdicio: ¿Cuadros o mano completa?

Cómic retro que ilustra la frustración de contar cuadros de papel higiénico, demostrando cómo la mala ingeniería de los dispensadores modernos causa desperdicio.

Uno se queda con eso: contar 6 cuadros, doblarlos a la mitad y luego otra vez a la mitad. Así me enseñaron. Pero sé de gente que se enrolla medio rollo en la mano; no sé si le dan vuelta a la mano o solo les gusta desperdiciar la mitad superior de ese enrollo, pero la verdad sale a la luz cuando uno va al baño y tiene que mirar el bote de basura: eso los delata.

Aquí está la primera falla del sistema: ¿por qué tenemos que sacar 4, 6, o si andas «muy chorriento», hasta 8 cuadros para doblarlos?. El papel higiénico es tan delgado que con una capa no puedes ni sonarte la nariz. Aunque sea triple hoja, cuando estornudas, el aire viaja entre 110 y 160 km/h; eso rompe cualquier capa solitaria y te hace vivir una auténtica película de terror si te confiaste con el grosor.

​La jugada macabra del mercado

Sátira en cómic sobre la jugada macabra del mercado al vender papel higiénico delgado, obligando al consumo irracional del consumidor.

¿Por qué no inventar un papel más grueso? Tal vez porque sería más trabajoso romperlo o simplemente porque bajaría el consumo irracional. ¿Por qué consumo irracional? Porque no siempre tienes tiempo de ponerte a contar cuadritos. Solo jalas el papel y listo: si usaste 3 cuadros más de lo usual, ni te das cuenta, gastas sin que te duela. Ese es el detalle: no poder contabilizar lo que gastas te obliga a comprar papel higiénico a cada rato. Es una forma bastante macabra de comercializar una necesidad básica.

El trono digital: cuando el celular mata al instinto

Comparativa en cómic retro entre leer una revista y el uso del celular en el baño, mientras se reflexiona sobre la falta de innovación en el soporte de papel higiénico.

Antes, uno metía una revista o el periódico al baño —»voy a leer algo mientras defeco», se pensaba— porque sentíamos que el tiempo en el baño era tiempo perdido, así que buscábamos aprovecharlo con algo de lectura.

Hoy, eso ha sido suplantado por el celular. Pensamos que vamos a «ahorrar tiempo» viendo el chisme en Facebook, bajo la lógica de que igual lo veríamos más tarde, así que mejor aprovechamos este tiempo muerto.

Pero, ¡sorpresa!, es totalmente contraproducente. Te quedas colgado en el scroll infinito de Facebook y terminas gastando mucho más tiempo del necesario. Y el problema no es solo el aburrimiento, es que los intestinos se confunden. Se preguntan:
«¿Está en el baño o en una reunión? Al parecer está viendo a mucha gente… mejor me detengo».

Entonces, simplemente no actúan, provocándote un estreñimiento que después te hace preguntarte:
«¿Por qué, si tomo tanta agua?».

Un consejo de compas: si en 15 minutos no has resuelto tus asuntos, salte del baño; tu cuerpo te lo agradecerá en el futuro.

La segunda falla: El siglo de la automatización (y nosotros en la Edad de Piedra)

Ya cuando sientes que las piernas se te empiezan a dormir por estar ahí atrapado en el scroll, procedes a hacer lo que tienes que hacer, y es justo ahí donde aparece la verdadera falla: el dispensador de papel higiénico.

Es absurdo. En pleno siglo donde ya existen areneros automatizados para gatos y dispensadores que alimentan a tu perro mientras tú sigues en la oficina, seguimos usando el mismo soporte de cartón miserable de hace medio siglo. ¿Cómo es posible que le hayamos dado más tecnología a la caca de un gato que a nuestra propia higiene?

Soñemos a lo grande: imagina un dispensador que corte el papel higiénico automáticamente. ¿Cuántas veces te ha pasado que jalas el rollo y el maldito mecanismo se descuajeringa, regalándote una tirita de otros tres cuadros que solo te hacen perder el tiempo doblando esa malformación? ¡Esa es la falla que urge arreglar!

En las tiendas tienen impresoras de tickets que cortan el papel a la perfección. ¿Cómo va a ser más importante un recibo de compra que el papel con el que te vas a limpiar? ¡El nivel de desidia tecnológica es insultante!

​El dispensador con "criterio" (y mucha IA)

Este dispositivo no solo debe cortar el papel, debe medir el ancho y el grosor; la IA tendrá ese trabajo. Que se ponga a revisar cuánto papel higiénico utilizas y los cuadros que consumes, y si un día cambias de marca, que te diga:
«Amigo mío, te daré 2 cuadros más, pues compraste un papel tan chiquito que podrías tener un accidente manchándote los dedos».

O, si eres de los que compra el papel industrial que parece servitoalla, que te suelte un correctivo:
«Este papel parece servitoalla de lo ancho que está, te voy a dar 2 cuadros menos. ¡No seas atascado!, ahorra».

El supervisor rectal: aumentando la productividad corporativa

Imagínate que estos dispensadores inteligentes llegaran a las oficinas. Ya que estamos en eso de que la tecnología sea «inteligente», pues que mida el tiempo de estancia y, cuando superes el límite humano permitido, te suelte la verdad en la cara:
«Master, ya llevas 20 minutos aquí y parece que te viniste a hacer güey. Por tu salud y la salud de tu recto, te propongo mejor vete a trabajar; me lo agradecerás en el futuro cuando no sufras estreñimiento crónico por estar perdiendo el tiempo aquí sentado».

Con esos dispensadores, incluso ¡aumentaría el rendimiento de las empresas!. Porque aceptémoslo: nada motiva más a un empleado a regresar a su escritorio que una máquina juzgando su capacidad de evacuación y su ética de trabajo en tiempo real.

​Tu casa te vigila (y te avisa cuando te toca surtir)

Viñeta de dos paneles que ilustra la vigilancia doméstica: un reloj inteligente advierte la falta de papel higiénico antes de que ocurra la tragedia en el baño.

Pero regresemos a la casa. Si el dispensador es realmente inteligente, debería conectarse a tu celular y a tu smartwatch para avisarte, así, bajita la mano, antes de que ocurra la tragedia:
«Amo defecon, en el baño de arriba no hay papel. Si tienes prisa, ve al de abajo, pero si no, súrtelo por favor».

Ahora, para prevenir el hecho de que te haya mandado una notificación al celular —que, siendo honestos, ignorarás porque tienes otras 100 pendientes que no has revisado—, podemos agregarle un sensor de proximidad. Que el dispensador sepa que has cruzado la puerta del baño y, si detecta la ausencia del insumo, suene una alarma sonora con el clásico:
«No hay papel»
«No hay papel»
.

En chinga te regresas por uno y listo: te ahorras el drama, el grito al vacío y la vergüenza de andar pidiendo auxilio.

​El veredicto: Innovación ¡Sí!, pero no a precio de oro

Cómic vintage que celebra la victoria latina del dispensador de papel higiénico inteligente a un precio justo, dejando atrás los productos sobrevalorados.

Bueno, esperemos que a los fabricantes de papel higiénico se les prenda el foco y comiencen a desarrollar este dispensador inteligente que tanto nos urge. Pero eso sí: que no salgan con la jalada de que va a costar $2,000.00 pesos mexicanos (unos $115.00 dólares), porque a ese precio nadie lo va a comprar y se quedará acumulando polvo en los anaqueles.

Lo que necesitamos es un precio racional, unos $350.00 pesos ($20 dólares), y con eso todos los latinos erradicaríamos el famoso «¡No hay papel!» de nuestras vidas para siempre.

Si estás leyendo esto en el baño y te reíste un poco, compárteselo a tus cuates; ellos también van al baño y seguramente están sufriendo lo mismo que tú.

Sería todo. Te deseo que todo salga bien.

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