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El panadero hechizo: Crónica de una obsesión nocturna

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El panadero que pasa por mi colonia fue el responsable de convertir una simple compra de pan en toda una aventura.

¿A quién no le gusta el pan? Pues aunque usted no lo crea, existe gente a la que no le gusta; en el rebaño de Dios hay de todo. Igual y prefieren Krispy Kreme a una concha con nata.

No tengo nada en contra de Krispy Kreme, pero ya descubrí su secreto: le ponen glaseado por todos lados. Por eso saben tan buenas, son más caras y, sobre todo, por eso te dan un madrazo de azúcar que te deja viendo colores.

Pero el pan dulce mexicano juega en otra liga. Una concha, una chilindrina o un moño con un café bien caliente son capaces de convencer hasta al más disciplinado que juró empezar la dieta «ahora sí, el lunes».

Porque el pan no solo se come; se antoja. Te dices: Hoy no voy a merendar.

Padre
Respondón: Hoy no voy a merendar.

Y a la media hora ya estás dando vueltas en la cama pensando más en una concha que en tus problemas. Ahí entiendes que el pan no era un lujo… era el sedante que necesitabas para dormir en paz.

El llamado de la combi guinda

La historia que les voy a contar nos pasó hace poco. Pareciera que el cambio de domicilio abrió la puerta a las aventuras de lo absurdo.

Regularmente, en todos lados se escucha una bocina diciendo:

bocina
Bocina: Pan, pan, ya llegó el pan.

O, de perdido, un simple «¡Pan!». Los más valientes hasta ponen la canción de Tin-Tan, Panadero con el pan. Y digo valientes porque no les preocupa que un día lleguen los descendientes de Germán Valdés a cobrar derechos de autor y les quiten hasta el bolillo. Bueno, cada quien tiene su estilacho.

Donde vivíamos antes eso nunca pasaba. Era un fraccionamiento y los panaderos tenían que pedir permiso para entrar o, más bien, les daba flojera hacer el trámite para ofrecer sus suculentos manjares. Pero aquí estamos a pie de calle y sí pasan. El nuestro tiene un horario medio sospechoso: no sabemos si es muy trabajador o muy nocturno, porque aparece cerca de las diez de la noche, cuando uno ya se quiere ir a dormir, sobre todo si al otro día toca levantar a los muñecos para la escuela.

Como al otro día no había clases, pudimos desvelarnos tantito. De pronto volvió a sonar la bocina:

bocina
Bocina: Pan, pan, ya llegó el pan.
Nos volteamos a ver y dije:
Padre

Respondón: Vamos a conocer al responsable de esas palabras tan agradables que nos invitan a engordar.

Mis niños nunca habían vivido esa experiencia, así que, casi a las diez de la noche y todavía en pijama, les dijimos:

Padre

Respondón: ¡Vamos al pan!

Mamá: ¡Vamos al pan!

mamá

Los muñecos, como nunca salían a esas horas de la noche, se levantaron de donde estaban como vampiros al despertar: sin meter las manos y de una sola pieza.

La Cacería del Pan

Abrimos la puerta y vimos, a media cuadra, una combi guinda. El bocinazo encantador provenía de ahí:

bocina
Bocina: Pan, pan, ya llegó el pan.

Comenzamos a caminar tranquilamente hacia la combi, pero… se encendió el motor.

Pensé:

Padre

Respondón: ¡En la madre, se nos va el pan!

Ahí sí nos decidimos. Íbamos a perder esa batalla por no conocer las mañas del panadero, así que le gritamos:

El buen panadero nos escuchó, apagó la combi, volvió a abrir la puerta y nos recibió con una sonrisa.

panadero2

Panadero: ¿Qué van a llevar?

No te pases, aquí comenzó la batalla más difícil de la noche: escoger el pan.

Este mono trae tanta variedad como estados hay en México: conchas, chilindrinas, moños, orejas, bracitos, donas, barquillos… Hasta daban ganas de decirle:

Padre

Respondón: Dame uno de cada uno para probar y así no entramos en discordia.

Pero no alcanzaba. Era como entrar a una juguetería y querer salir con todo.

Total, cada quien escogió dos piezas: una para probar esa misma noche y otra para el desayuno del día siguiente. También había que ser precavidos; ¿qué tal si el pan resultaba malo y luego nos dábamos de topes?

Regresamos todos contentos, como niños con juguete nuevo. Llegamos a la casa, le dimos una mordidota al pan y… ¡oh, sorpresa! Estaba bueno. No, qué digo bueno… ¡muuuy bueno!

¿Y por qué tanta desconfianza? Porque esos precios daban para sospechar. La concha costaba 6 pesos y el barquillo relleno 15. Uno ya iba preparado para una decepción.

Pero no. El pan estaba buenísimo, el precio era justo y, sin darnos cuenta, este panadero acababa de ganarse unos clientes más.

Padre

Respondón: Panadero, ¡tienes nuevos clientes!

El sistema de rondas

Mis muñecos pensaron que la aventura de corretear al panadero iba a ser así siempre, así que estaban encantados. Desde entonces le hemos estado comprando seguido —no diario, hay que cuidar la línea—, pero un día ocurrió algo extraño.

Regularmente este amigo de la masa dulce pasa cerca de las diez de la noche. Salimos, le compramos y regresamos. Pero esa noche, apenas unos quince minutos después, volvió a escucharse la bocina.

bocina
Bocina: Pan, pan, ya llegó el pan.

Nos quedamos viendo.

Padre

Respondón: Ah, chinga… no sabíamos que daba dos vueltas.

Y nosotros, la primera vez, correteándolo como si fuera la última combi del pan en la Tierra.

El problema es que esperar la segunda vuelta tampoco era opción. Para entonces ya no escogíamos el pan; el pan nos escogía a nosotros. Las conchas bonitas ya habían desaparecido, las chilindrinas eran historia y uno terminaba llevándose lo que sobrevivía a la primera ronda.

Así que llegamos a una conclusión muy sencilla: más vale corretear al panadero que desayunar resignación.

La copia barata

Pero vamos al meollo del asunto.

Un día nos agarró la flojera y decidimos esperar la segunda vuelta. Mi hija quiso acompañarme, pero conforme nos acercábamos a la combi sentimos una vibra extraña.

Pensé:

Padre

Respondón: Ha de ser porque ya es más tarde… es la vibra vampiro.

Tú sabes, de esas noches en las que, aunque hay luz, todo se ve más oscuro.

Se abrió la puerta y algo no cuadró. Había dos jóvenes. Regularmente solo venía uno, nuestro panadero de confianza.

Pensé:

Padre

Respondón: Igual y hoy le toca descansar; es una chinga hacer pan.

Total, pedimos cuatro conchas. Yo ya llevaba los 24 pesos listos en el bolsillo derecho para hacer el cambio de mano cuando el joven me dice:

pirata

Panadero 2: Son 28 pesos.

Respondón: «Me lleva la chingada», pensé

Padre

Como en esos días todo estaba subiendo de precio, asumí que ahora también le había tocado al pan. Ni modo. Metí la mano al otro bolsillo, completé los cuatro pesos y nos regresamos con el pan de la mañana.

En el camino mi hija rompió el silencio.

hija

Hija: Siento como que traicionamos a alguien.

Respondón: ¿A caray? ¿De qué me hablas?

Padre
hija

Hija: No sé… así me siento.

No le hice mucho caso… hasta que llegamos a la casa.

Como siempre, nadie se aguantó las ganas de darle una probadita. Total, la otra mitad era para el desayuno.

Parecía que nos habíamos puesto de acuerdo. Todos dimos la primera mordida… y todos hicimos la misma cara.

Padre

Respondón: ¿Qué pasó? ¿Por qué ahora que está más caro ya no sabe bueno?

¿Era el golpe al bolsillo? ¿La sugestión? ¿Nuestro cerebro diciendo «ya no compres, ya le subieron»?

No.

Había algo que definitivamente no cuadraba.

Un fallo en la Matrix

Otro día salimos a comprar pan y todo parecía normal. El panadero llegó a su lugar de siempre, un poco adelante de la siguiente esquina.

Cruzamos la calle y, de pronto, desde otra esquina se escuchó:

bocina
Bocina: Pan, pan, ya llegó el pan.

Nos quedamos congelados.

¿Qué pasó? ¿Un glitch? ¿Una falla en la realidad? ¿Un déjà vu? ¿Estábamos viendo dos líneas del tiempo al mismo tiempo? ¿Viajes temporales? ¿La tercera temporada de Dark?

No.

Era otra camioneta.

Una hechiza, chafa, pirata… pues.

No me quedé con la duda y le pregunté a nuestro panadero:

Padre

Respondón: Oye, ¿y esos son tus compas o tu competencia?

Se rió y me respondió:

panadero2

Panadero: Son mi competencia… pero hasta la grabación me copiaron.

Yo esperaba que pusiera cara de pocos amigos, pero le dio más risa que coraje. Hasta me imaginé que por dentro estaba pensando:

panadero2

Panadero: Ay, mis clientes… de seguro ya cayeron en las garras de esos copiones.

Y sí… caímos.

Compramos un pan más caro y, además, ni estaba bueno. Una copia cara de lo que ya conocíamos como bueno, bonito y barato.

Pero, ¿cómo íbamos a saberlo? La misma ruta, la misma camioneta y hasta la misma grabación.

Así que ya lo sabes: confirma que tu panadero no tenga una copia barata. Revisa el certificado de autenticidad antes de abalanzarte y comprarle 35 piezas.

¿Crees que bromeo? Para nada.

La vecina acaparadora y la chilindrina de la discordia

Tenemos una vecina que le compra al panadero tres bolsas de pan diario. Hagamos cuentas: si a una bolsa le caben entre 12 y 15 piezas, pues se lleva alrededor de 45 todos los días. Hasta mi hija comentó:

hija

Hija: Esa señora tiene mucho dinero y mucho apetito.

No sabemos si tiene once hermanos y treinta y cinco sobrinos o si se dedica a vender desayunos. Cada quien es libre de comprar el pan que quiera y le alcance, pero un día colmó mi paciencia.

Como era tan buena clienta, tenía ciertos privilegios con el panadero. Uno de ellos era que podía tomarse todo el tiempo del mundo para escoger el pan. Así que me tocó esperar unos diez minutos mientras llenaba sus bolsas y yo veía cómo las charolas iban quedando cada vez más vacías.

Pero después de escoger el pan, todavía se quedó otros diez minutos platicando con el panadero. Y él ni se inmutó; al fin y al cabo, con una sola clienta vendía lo de ocho o nueve.

Yo conservé la calma. Después de ella seguía mi turno y ya le estaba echando los ojitos a una chilindrina.

La clienta estrella por fin comenzó a despedirse, pero antes de irse le dijo al panadero:

Vecina

Vecina: Ah mira, te queda una chilindrina. Échala a la bolsa y ya mañana te pago.

Respondón: ¡Me lleva la chingada!

Padre

Ese fue el origen de un rencor completamente irracional hacia la vecina acaparadora de pan. No me juzguen… el pan es el pan.

Conclusión: Prepárate para el duelo

Che vieja, desde ese día espero al panadero en la esquina desde las 9:30 PM. Ahí me verás con mi canasta, preparado para correr hacia donde sea que la combi se detenga.

No me vuelve a pasar que me quede sin mi chilindrina, ni aunque tenga que luchar cuerpo a cuerpo con la acaparadora oficial del barrio.

Ya aprendí cómo funciona este negocio:

  • Hay panaderos originales y panaderos pirata.
  • La primera vuelta siempre es la buena.
  • Y nunca, nunca, le pierdas de vista a la señora de las tres bolsas.

Pues eso es todo.

Que en pan descanses.

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